sábado, 7 de noviembre de 2009

Una Ópera de Narices...

Cyrano de Bergerac: Segunda ópera de la temporada en el Teatro Maestranza de Sevilla. Segunda oportunidad para poner a prueba el equipo nuevo en el terreno donde mayor cantidad de fotos realizo.

Aún no he visto todo lo que disparé. Pero un rápido visionado acudiendo a los momentos con mayor atractivo visual me saca de la duda y me reafirma que estoy contento con la nueva cámara.

Pero también sería justo no decir que la anterior que ahora uso como segunda cámara de apoyo, no está a la altura de las circunstancias. A excepción de un grano algo mayor la EOS5D clásica ofrece unos resultado dificilmente diferenciables de su hermana mayor. Y gracias a llevarla consigo anoche hice menos cambios de ópticas de lo que habría tenido que hacer con un escenario que se prestaba al gran angular y unos personajes que lo hacían al primer plano.

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Este Cyrano también sirvió para quitarse el mal gusto de boca de la iluminación tan pésima que tuvo La Mujer Silenciosa. Aquí el de las bombillas mereció llamarse iluminador. Pero, ojo, no porque se vea todo. Si no porque ilumina lo que tiene que iluminar y deja en sombras lo que tiene que estar en sombras. Al igual que en la música, donde tan importantes como las notas lo son los silencios.

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Ya sabéis de mi preferencia por las óperas que apuestan por los escenarios de vanguardia tendentes a la abstracción y lo conceptual. No es el caso de lo que vimos anoche pero al menos ya que estábamos ante una puesta en escena y un vestuario tradicional se agradecían los muchos cambios de escenografía que tuvieron lugar a lo largo de más tres horas.

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Musicalmente no la conocía. Y la disfruté. Teniendo en cuenta que Franco Alfano, su compositor, fue el encargado de completar el Turandot de Puccini y dada mi buena predisposición a cualquier cosa hecha por este último compositor, se podía prever cierta empatía con lo que iba a escuchar. Después de una introducción en la que no acababa de entender el caracter de lo que iba a escuchar empezó a florecer un romanticismo bello y pasional. Una escena del balcón en la que uno no sabía si dejar la cámara al lado y entregarse a la música y todo ello adornado por unos finales orquestales que aveces parecían propios de una película de Errol Flynn, dicho esto como halago, y con el permiso del maestro Franz Waxman.

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Todo eso con la oportunidad de ver de nuevo a Roberto Alagna y a Nathalie Manfrino a quienes había podido escuchar con anterioridad pero por separado.

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Y como esto de internet tiene la gracia de que busques lo que busques encuentras algo mirad por donde aquí tenéis un fragmento de la obra. Que lo disfrutéis.



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