Un Domingo Sin Hora
Soy madrugador por obligación, la del trabajo. Y tengo una extraña habilidad, si se le puede llamar así: la de despertarme a la hora señalada antes de que suene el despertador. Los fines de semana me gusta levantarme a esa misma hora. No me gusta robarle horas al día. Ya habrá tiempo de dormir cuando esté muerto. Ayer, domingo, me desperté, como tantos domingos de mi vida. Preparé el desayuno y lo llevé a la cama. Isa, incorporada sobre el cabecero, y yo, sentado en el borde. Nuestro ratito de charla mientras saboreábamos el café, bendito café. Después, una ducha. Me fui a comprar el periódico. Ni siquiera me había dado cuenta de que los relojes se habían atrasado una hora. Cosas de la automatización. El maldito horario de invierno ha llegado. Un momento, un momento... ¡paren las máquinas! ¿En serio?, ¿un periódico?, ¿yo?, ¿un tipo tan digitalizado? Sí, así ha sido. Lo explico. Hace muchos, muchos años, pero muchos, tantos que tenía acné y estudiaba bachillerato, compraba los domingos ...