lunes, 17 de enero de 2005

Congelando la Armonía del Movimiento

Fotográficamente hablando el año comenzó bien. Y en otros aspectos de la vida también, por qué no decirlo.

El año pasado impulsado por un par de triunfos personales decidí pedir permiso para fotografiar en el Teatro Maestranza. La idea era reunir un buen volumen de fotografías sobre el mundo de la música y quién sabe si algún día hacer una exposición con ello. Esto tenía un gran aliciente para mí: reunir en una sola actividad mis dos grandes pasiones: música y fotografía.

Contactar con el Teatro no era problema. Anteriormente había hecho algunas fotos en él para amigos y conocidos que trabajaban en revistas y que iban a escribir la reseña de algún concierto o a entrevistar al músico protagonista en aquella ocasión. Por lo tanto ya conocía a la relaciones públicas del teatro y también ella algunas de mis fotos.

Nunca me había planteado pedir una acreditación permanente para fotografiar en un sitio así pues pensaba que como no-profesional no sería tenido en cuenta al no tener a ningún medio de comunicación respaldándome. La cuestión es que la RR.PP. atendió amablemente mi solicitud y quedó en añadirme a la lista de periodistas (fotógrafos, cámaras de TV y redactores) que siempre llaman para los ensayos.

Así que ahora pertenezco a ese grupo (desde mi punto de vista, privilegiado) que asiste a un espectáculo antes de su estreno. Pero naturalmente lo que yo busco no es tener un montón de fotografías iguales o parecidas a las de otros fotógrafos presentes. Lo que busco es tener algo diferente. Algo que es más fácil de conseguir en sesiones privadas con los músicos, siguiéndolos en sus actividades, en el día a día de su que hacer artístico… en definitiva tener la foto del momento que seguro no tendrán los otros (no tiene que ser la mejor pero al menos sí diferente y única). Pero como no me llamo Annie Leibovitz ni Linda McCartney pues... lo tengo algo dificl. Es lo que tiene ser desconocido y además ir de aficionado.

Me gusta prácticar casi cualquier tipo de fotografía. Pero lo que a mí me va es ir a la caza del momento. La fotos de estudio no me seducen tanto. De ahí esa necesidad de establecer una relación más estrecha con el músico que posibilite lo que antes mencionaba.

Ahora mismo estoy leyendo un libro muy interesante titulado Maestro en el que se entrevista a nueve figuras de la dirección de orquesta. No contiene demasiadas fotografías pero incluye una de Leonard Bernstein en la que se le puede ver tomándose un respiro antes, durante o después de un concierto (no sabría decirlo). Está en un pasillo de algún teatro o auditorio. Tiene los ojos cerrados con la cabeza hacia atrás y está echado sobre la pared en actitud de respiro. Ése, ése es el tipo de fotos que yo quiero.

Pero a la espera de que esto suceda algún día (en realidad ha empezado a suceder pero es materia para otro post) me conformo con compartir el patio de butacas con otro buen número de fotógrafos.

La única ventaja que tengo con respecto a los otros fotógrafos es que mientras yo permanezco durante toda la representación la mayoría se marcha en cuanto tienen la foto para cumplir con su medio, a excepción del fotógrafo oficial del teatro y alguno que otro que piensa como yo. Y es que una ópera de tres horas da para muchas fotos pero no todos están dispuestos a aguantar tanto tiempo (evidentemente como melómano tengo otro aliciente para quedarme además del de las fotos). Así que la mayoría en cuanto tienen una foto potable de cada uno de los protagonistas del evento enfunda la cámara y se marcha.

El permiso para acudir a los ensayos lo tengo desde finales de la temporada pasada lo que hizo que no le pudiera sacar partido el año pasado pues lo único que pude fotografiar fue una ópera: Macbeth.



Por ello esperaba con impaciencia que empezara la actual temporada pues como mínimo tendría el placer de ver todas las óperas y todos los ballets a través de mi objetivo. La mayoría de las veces veo las representaciones dos veces: una como fotógrafo en el ensayo y otra como espectador con entrada pagada en la representación… (uno que tiene sus vicios). Desgraciadamente sólo han programado un ballet clásico para esta temporada.

El año pasado quedé impresionado al ver el ballet de La Cenicienta. Lo interpretaba la compañía de Los Ballets de Montecarlo. Cada movimiento era una fotografía. La pena es que aún no disponía de esa acreditación.

Ahora podía resarcirme porque de nuevo volvían a Sevilla, esta vez con La Bella.


En esta ocasión se quedaron algunos fotógrafos más que de costumbre a ver los tres actos completos. Evidentemente un ballet es mucho más excitante a los ojos de un fotógrafo que una ópera. Pero como siempre el grueso de los fotógrafos se fue tras el primer acto cuando pensaban que ya tenían fotos suficientes para cubrir la información. Hubo uno que me llamó la atención. Estaba cerca de mí y durante el primer acto oía el ruido de su cámara como si de una ametralladora se tratara. Juraría que llevaba una Canon Mark II y un 85mm de la serie L. Tras el primer intermedio se fue.

Dios le da pan al que no tiene dientes. Los mejores duetos están en el segundo y tercer acto. Y aquel hombre con una cámara excelente para no dejar escapar nada no lo aprovechaba. Tampoco le culpo. Yo haría lo mismo en un partido de fútbol.

Cada vez que fotografío cosas que me interesan mucho sufro lo que yo creo que es un subidón de adrenalina (al menos así lo describe un buen amigo). Sudor frío en las manos y latidos acelerados. Es algo que me encanta. Una vez pasados los primeros minutos se medio pasa pero puede decirse que no me relajo hasta que soy consciente de que ya tengo material satisfactorio.

Fotografiar el ballet requiere amoldarse. Hay que tener claro si quieres fotos perfectamente congeladas o movidas describiendo el movimiento. Aquí no valen las medias tintas. Siempre persigues los dos tipos de fotos. Las primeras son más o menos fáciles de conseguir. Obturaciones rápidas y saber encontrar los finales de movimiento cuando el bailarín queda por unas décimas semicongelado entre un paso de ballet y otro.

Por el contrario las fotos “movidas” requieren dedicación y saber dar con la combinación perfecta de obturación / velocidad de movimiento del bailarín. Esto hace que tengas que deshacerte de muchos disparos fallidos.


No sé como lo verán otros fotógrafos pero conocer la música ayuda mucho. Puedes llegar a predecir los clímax de los movimientos. Esto es muy útil cuando usas como yo una Canon 10D pues vaciar el buffer de nueve fotos en RAW requiere su tiempo y no conviene encontrarte que para cuando necesitas el disparo decisivo la cámara esté entretenida en escribir en la tarjeta.

Cuando hice las fotos a Jerry Goldsmith me fue muy útil conocer su música al dedillo para captar en tres carretes y poco más de cinco minutos una buena selección de fotos. En aquel momento no había un buffer interrumpiendo la fluidez de trabajo pero sí un cambio de película cada treinta y seis disparos y muy poco tiempo para fotografiar pues se trataba del concierto en directo y no de un ensayo. El propio Goldsmith contactó dos meses más tarde conmigo para comprarme 10 de ellas en gran formato. (Lo que supuso una gran satisfacción por el hecho de que alguien a quien yo admiraba expresara interés por algo que había hecho yo).


Así que en vez de masacrar a los bailarines a disparo limpio (que belicosa suena esta frase) iba disparando con más o menos sensatez (¿sensatez yo?, esta no es belicosa pero tiene gracia) a fin de que la media de disparos útiles fuese lo más alta posible.


Alguien dirá que si uso formato JPEG el buffer trabaja más rápido. Sí, es cierto. Pero al margen de la no compresión del formato RAW puedo disfrutar de la libertad que da no estar pendiente del Balance de Blancos en un escenario donde la iluminación cambia constantemente.

El resultado final: alrededor de 350 fotografías que dieron para una primera selección de 48 de las que unas 10 me satisfacen mucho (en cuanto tenga tiempo las colgaré en mi página principal).

Y sobre todo el placer de ver por segunda vez a esta compañía con su visión original de ballets clásicos. Ojalá que la experiencia se repita pronto. Tiemblo de pensar las fotos que se podrían conseguir en los ensayos previos con ángulos imposibles durante un ensayo general donde uno está sujeto al patio de butacas… algún día!!!.

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