lunes, 1 de octubre de 2012

Una Forma de Peregrinación

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Voy procesando a ratos las fotos de este viaje de 10 días. Aún no he terminado pero creo que va siendo hora de ir enseñando algo en este blog, en el que muchas veces tengo la sensación de que cuantas más cosas quiero contar menos tiempo tengo para hacerlo. Pero esta vez voy a extenderme en el texto aún a riesgo de que decidáis no volver a leerme por “sopesao” y “soplasta”. Y esta vez las fotos serán algo muy complementario. Comencemos:

En el principio fue la oscuridad... >:-D Vale, vale, avanzaré un poco en el tiempo.

Hace unos ocho meses conseguí entradas para un concierto. No se trataba de un concierto más, sino de un concierto que ya forma parte del selecto grupo de conciertos de los que me acordaré el resto de mi vida, aunque en este caso por diferentes motivos. Vamos a contar los necesarios.

Leer con cierta frecuencia este blog es, además de contraproducente, darse cuenta de que si hay algo que me gusta más que la fotografía eso es precisamente la música. Por eso, cuando surgió la posibilidad de asistir al concierto homenaje a John Williams por su 80 cumpleaños digamos que mis cejas se arquearon como el que maquina un plan maquiavélico. Para quien no conozca a Williams antes de continuar os diré que es la persona responsable de tantas bandas sonoras que ya está por derecho propio en la historia del cine. Si no lo conocéis echad un vistazo a este enlace.

Una Pasión

No es para menos. Siempre me gustó la música. Mi madre comenta muchas veces que cuando era un bebé sólo era necesario para que me durmiera dejar cerca de la cuna una radio sintonizada con música. Procuro ser ecléctico con la música que escucho. A día de hoy, las estanterías de mi modesta discoteca, comparten muchos géneros. Pero un rápido vistazo deja entrever una cantidad desmesurada de música de cine, algo que sorprende muchas veces a personas que me acaban de conocer (a buen seguro, muchos de los amigos que comparten esta pasión por las bandas sonoras están asintiendo con la cabeza al leer esto último). Y eso se debe a que hay quienes piensan que es raro eso de comprar la música de una película que no tiene canciones. En realidad en los tiempos que corren es raro incluso comprar un CD. Para explicar todo esto vamos a hacer un flashback y no hace falta que imitéis la voz de Sophia Petrillo para leer lo que sigue:

Sevilla, 1979: un niño lector consumado de tebeos y comics (para mí nunca fueron la misma cosa) cursa 5º de EGB. Su clase se divide en dos grupos: los que han visto Supeman, El Film y los que no. En el patio del colegio se habla constantemente de la película. Por supuesto en cuanto me fue posible fui a verla en el cine Alameda de Sevilla. Ni que decir tiene que tenía la edad necesaria para impresionarme con poca cosa. Y aunque las cotas de realismo de los efectos especiales de entonces no tenían nada que ver con lo que vemos en el cine actual, en aquel momento aquello era lo más espectacular que uno podía ver, (apertura del Mar Rojo de Chalton Heston aparte). Ir al cine de pequeño suponía cierta ceremonia que ya te predisponía a recibir con agrado una película de sábado por la tarde. En aquel momento la espectacularidad de la película y la promoción hicieron que en los medios de comunicación apareciera con cierta frecuencia y esto no hacía sino aumentar la expectación.

Poco podía imaginar que la primera escena que me iba a impactar no sería el primer vuelo, ni siquiera el aterrizaje de la nave o la explosión de Krypton. Lo primero que me impactó fueron los títulos de crédito. Los nombres de los actores evolucionando en el espacio y dejando una estela azulada tras de si eran impresionantes... pero no tanto como la música. Fue la primera vez que fui consciente del papel tan importante que puede llegar a jugar la música en el mundo de las imágenes. Sin aquel tannnn, tata, tacháaaaan, el hombre de acero corría el riesgo de no pasar de ser un tipo con pijama y calzoncillos por fuera. Lo que convertía a Christopher Reeve en superhéroe no era ni una capa ni una gran “S” sobre el pecho. Era la sección de metales de la London Symphony Orchestra. Definitivamente fui captado por una variante de frikismo cuando la palabra ni siquiera existía en el vocabulario español.

Con 10 años de edad no se tiene poder adquisitivo, al menos en mi época. Lo de tener un tebeo cuando mi padre compraba el periódico de los domingos ya era un auténtico lujo y comprar el LP de la banda sonora ni se me pasaba por la cabeza. El tema principal de la película sonaba de vez en cuando en la radio porque en aquel momento era muy popular. Los tapones de Coca Cola traían una especie de cromos de goma con fotos de la película y si tenías suerte podía venir premiado con un single de 45 rpm con el tema principal en la cara A y el tema de amor en la B. Se ve que no bebía suficientes refrescos.

Hace unos años hablaba con un compañero de trabajo sobre la película y le contaba todo esto acerca de la música. Al día siguiente me sorprendió trayendo y regalándome ese single que él si pudo conseguir. Ahora entiendo de donde viene su tolerancia al café solo.

Poco tiempo después empecé a descubrir programas sobre música de cine en la radio y mi solución fue reciclar cintas cassette con las que grababa los temas que emitían estos programas en un viejo Hitachi con sonido mono .

Reciclaba cualquier cosa, incluidas unas cintas de Félix Rodríguez de la Fuente que regalaban con los yogures Yoplait. Y eso explica mi afición a los postres lácteos. A día de hoy soy capaz de recordar los temas que contenían y en qué orden.

Años más tarde se estrenó E.T, el Extraterrestre. Y aquello ya fue el descoloque. El tema principal se podía escuchar hasta en los 40 Principales. Con el dinero de un cumpleaños acabé comprando la banda sonora. Ya estaba bien de escuchar temas sueltos, quería escuchar eso que me gustaba tanto. Escucharlo de principio a fin.

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Se trata de la original a pesar de que la errata en el nombre de Spielberg podría hacer pensar lo contrario.

Ni que decir tiene que el sonido de la cinta se fue degradando poco a poco de tanto escucharlo. Hoy en día tengo algunos miles de bandas sonoras, una buena discoteca aunque modesta si la comparo con la de algunos amigos. No me considero coleccionista. Solo las compro si me gusta lo que he oído. Incluso si no me gusta la película. A algunos compositores los sigo a ciegas. Me compro su música aún sin haber visto la película. No soy coleccionista salvo por una excepción: John Williams. Al principio compraba todos su discos con el ánimo de conocer su obra. Luego empecé a comprar vinilos de sus discos más antiguos a pesar de tener la reedición en CD porque era algo así como comprar la primera edición de un libro. Y por qué no decirlo, sigo adorando el sonido del vinilo (y los audiófilos seguro que me entienden). Ya puestos empecé a comprar algunos títulos en versiones de otros países porque tenían algún cambio sustancial en el diseño. Entre vinilos y CDs hay bastantes más de 300 ejemplares divididos entre música de cine, obras de concierto, jazz y el único musical de teatro que compuso. Aparte de eso retransmisiones de la radio y televisión estadounidense y alguna que otra rareza. Todo ello recopilado a lo largo de algo más de 20 años.

Hoy en día todo esto es mucho más sencillo haciéndolo a golpe de ratón sentado frente a un ordenador. Pero antes de que aparecieran Music Boulevard y CD Now, las primeras tiendas de música de internet que usé, mi única forma de buscar rarezas viviendo en una ciudad como Sevilla era aprovechar todo viaje para hacer una visita a las tiendas locales de música de segunda mano de cada ciudad que pisaba para buscar descatalogados imposibles de encontrar en una tienda de nuevo o en unos grandes almacenes.

Ver a Williams en concierto no es fácil. Suele dar bastantes conciertos al año pero con el inconveniente de que la mayor parte tienen lugar al otro lado del charco. La primera vez lo vi en 1994, en Los Ángeles. También la segunda vez, en 1998. Para entonces ya fui con el único interés de su concierto. Los Ángeles es la única ciudad de EE.UU. que no me genera ningún feeling ni siquiera en base a mi cinefília. En fin, no es de extrañar por todo esto que cuento y lo que me guardo, que me hiciera especial ilusión este viaje a Boston. Más aún teniendo en cuenta el vínculo que John Williams tiene con la ciudad de Boston por haber sido durante años el director titular de la Boston Pops Orchestra con la que tantos conciertos y grabaciones ha producido. Muchos de estos conciertos han tenido lugar en Tanglewood, un bonito lugar de Nueva Inglaterra a algo más de dos horas de Boston. Un auditorio en medio de un bosque con un especial encanto donde tendría lugar el concierto que originó este viaje. 

Lo sé, vaya tostón que acabo de largar para cuatro fotos de Boston que voy a poner, pero ya sabéis que este blog no va de fotografía aunque lo parezca. Va de lo que me mueve a hacer fotografías.

Un Viaje
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Old State House

El 16 de agosto llevaba marcado muchos meses en mi calendario. Ese era el día en que Isa y yo tomamos un avión desde Málaga, para enlazar en Madrid directo a Boston. Y aunque prácticamente pierdes el día en el viaje y lo normal sería pensar en el día 17, uno es de los que disfruta en cuanto pasa con la maleta por la puerta del aeropuerto de salida. Parafraseando a Eduardo Galeano... no es por por llegar, es por ir.


Disfrutar desde el principio es un requisito imprescindible, si no es así perteneces al grupo de los que viajan para poder decir al regreso que ya estuviste allí. Sin retrasos llegamos a Boston a una hora suficiente como para hacer una primera exploración por la ciudad, incluso a pesar de las casi tres horas de cola en la aduana. No exagero un solo minuto. Afortunadamente la espera fue recompensada por la recepción en el hotel, amabilidad y champán incluidos. Pero no se me gana por una copita de nada. Lo que me impresionó tanto que estuve a punto de llamar a la prensa fue la sorpresa de encontrar por primera vez un hotel cuyas fotos coincidían con las mostradas en su página web. ¡Inaudito! Tan buen humor nos dio todo esto que hasta recuperamos fuerzas para darnos un paseo por el Boston Common.


Días después regresamos por este parque que teníamos a escasos minutos del hotel. Lo sorprendente era poder pasear una vez caída la noche con total seguridad. De hecho el parque estaba concurrido incluso para lo tarde que era.


Para empezar nos encontramos un grupo de personas bailando tangos en un kiosko para orquestas. Uno buscando American Way of Life y se encuentra con Argentina... pero tan contento ¡oiga!

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Desconocía Boston por completo y me sorprendió. La esperaba más ajetreada, más nerviosa. Es un sitio por el que se pasea tranquilo al menos en las zonas por las que nos movimos. Y la historia convive con lo contemporáneo como el Old State House, antigua sede del gobierno colonial británico que hoy en día está sitiada por rascacielos. El nombre de Paul Revere estaba por todas partes incluido nuestro hotel. Dos personas, por separado me dijeron que era una ciudad que se podía visitar en dos días. No para mí. Quizás por el ritmo con el que me gusta ver las cosas. También es verdad que Boston se convirtió en una ciudad de paso de camino a Lenox y que realmente solo llegamos a estar un día completo en la ciudad más tres medios días mal contados. En cualquier caso no descarto volver porque tengo la sensación de que me dejé muchas cosas en el tintero.

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Massachusetts State House visto desde el Boston Common
Todo esto lo digo porque una visita a Beacon Hill da para mucho más de lo que sus dimensiones pueden dar a entender. Un barrio de bonitas casas de ladrillo rojo con algunas calles donde el tiempo se ha detenido hasta el punto de no dejar entrar el asfalto.
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En Charles Street las tiendas compiten en encanto. A veces por la decoración y a veces por cosas como ésta. No es de porcelana.

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Cerca de la zona portuaria la actividad turística se acentúa en parte por la atracción que supone el acuario, bastante original por tratarse de un cilindro por el que se asciende en espiral. No lo visitamos porque el tiempo del que disponíamos era más valioso en la calle. La siguiente foto está tomada en el exterior del mismo.

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Alrededores del Acuarium
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Visita obligada al Quincy Market, un edificio de 1825 y restaurado en 1960 repleto de locales con cocina de prácticamente cualquier lugar.

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Todo esto es un pequeño resumen de lo que pudimos ver en Boston en ese día y poco que disfrutamos en la ciudad, que como digo merece una visita más dedicada. Se hará.

Un Concierto
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Una hora antes del concierto, cuando el sol aún penetra en el auditorio.
No hay demasiadas fotos de Lenox aunque el sitio lo merece. En realidad Nueva Inglaterra merece una excursión en exclusiva. De hecho es un destino conocido entre fotógrafos paisajistas porque la región es famosa por el cambio de color de las estaciones, especialmente en Vermont.


El motivo de que no haya demasiadas fotos no es ni más ni menos que el encontrarme con los amigos con los que siempre me veo en estos saraos. Ya saben... hablar por los codos de frikeces.


A este concierto venía en modo espectador, nada de fotos. Pero teníamos dos entradas: una para el concierto y otra para los ensayos y en éste último no me privé de hacer alguna foto aunque fuese de tapadillo y desde el asiento que tenía en la séptima fila.


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Entre los alicientes del concierto estaba la oportunidad de ver en vivo a Steven Spielberg, director del cual soy devoto y persona que despertó mi cinefília y el interés por todo lo que supone la trastienda de una película.

Pero también esperaba con muchas ganas el momento de ver en vivo a un músico tan admirado como Yo-Yo Ma. Verlo de cerca y en un momento más distendido como es un ensayo fue un auténtico placer.  Es de esos músicos que transmiten no sólo que dominan su instrumento sino que disfruta haciéndolo.
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Con todo aún había cosas con las que me sorprendería pues algunos invitados eran sorpresa y no se conocerían hasta el mismo concierto. Fue el caso de James Taylor, cantante del que también soy admirador pero del que no sabía que tenía una gran amistad con John Williams. De éste no tengo fotos pero os dejo una lista de Spotify con mis temas favoritos en el que precisamente uno de ellos es una colaboración con Yo-Yo Ma interpretando una canción de George Harrison. 

Por lo demás Lenox es un pueblecito donde parece que la tranquilidad es el lema sólo alterada por el ajetreo que traen los conciertos de verano. Su programación es extensa y aunque la pequeña ciudad está plagada de Bed & Breadfast es difícil conseguir habitación si uno no lo hace con la debida antelación.
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¡Próxima parada!
Nueva York

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10 comentarios:

AlaorilladelrioBetis dijo...

Que bonitas, me has dejado impresionada, la foto del gato es increible. un saludo y que tengas una buena semana.

azuldeponiente dijo...

Otorga un placer desconocido, salvo en mínimas ocasiones, leerte. Son palabras de viajero, eludiendo los lugares comunes reservados al turista. Me gusta ese viaje narrado desde la emoción, y quizás, desde la subjetividad que promueve saberte en compañía de alquien que quiero bien.

La música, bendita música. Y palabras. Gracias, Julio.

Antonio dijo...

Acabo de extraer de tu texto un par de citas para mi "libro de citas".

Julio Rodriguez dijo...

Gracias, habéis superado la prueba del megatostón :D

Azul de poniente, creo que sé quien eres. Por eso estimo más tu comentario.

Antonio, ¿eres tú Antonio?, ¡Por Dios! Ten cuidado con lo que extraes que el texto está lleno de erratas.

CM dijo...

¿¡Pesado!? Yo he disfrutado largamente de imágenes y texto aunque no me interesen ni los gatos ni Spielberg.

De las fotos me atrevo cada vez menos a emitir juicios. Eres uno de los tres fotógrafos que sigo, eso es todo.Además los tres usáis palabras. De todas formas son hermosas y transmiten estar a bien con el mundo. La 0026 lo cuenta todo: expectación, gozo, ritmo...cuanto más despojadas más significativas y personales me parecen.

De otras cosas: nada me gusta más que los relatos de una pasión, con tal de que no sea amorosa, religiosa o patriótica, así que me encanta conocer la tuya,admiro la tenacidad con que la sostienes y la persigues por el mundo y envidio las satisfacciones que te da.

El viaje debe haber sido una experiencia perfecta. ¡Qué bien!

En Boston sólo he estado un día en el 2000 y casi no tengo recuerdos. Beacon Hill es más bonito que el Vllage neyorquino?

Elphaba dijo...

Es tarde y no me extenderé mucho, pero sólo una cosita: deberías escribir más.

Julio Rodriguez dijo...

CM, me alegra que te haya gustado. Mira que me he pensado veces si ponía mis historias con la música, porque sé que me pongo pesado cuando hablo de ella. De hecho, me he sujetado para no hacerlo más largo. Tu foto preferida está entre mis favoritas de mi viaje. Por el momento que representa.

Julio Rodriguez dijo...

Elphaba. ¿escribir más a menudo o más cantidad? :D
Pero si ahora eres tú la que tienes que escribir por los codos. Espero impaciente tus relatos de tus correrías por la tierra del Sol Naciente.

Elphaba dijo...

En cantidad y frecuencia, Julio :)

Ya contaré, ya contaré, jejeje.

azuldeponiente dijo...

La impaciencia me supera y necesito terapias "A través del Cristal". Esperando...